Hoy, 14 de noviembre, con motivo de la celebración de la #JornadaMundialDeLosPobres compartimos el testimonio de dos mujeres que durante mucho tiempo se han visto privadas del derecho a una vivienda. Ambas residen con sus familias desde hace dos meses en las viviendas de integración social que la Iglesia de Málaga, por medio de Cáritas Diocesana, acaba de poner en marcha.

Mónica (a la derecha de la imagen) tiene 34 años y es una de las personas que, desde el mes de septiembre, vive en uno de estos pisos junto a su madre y sus dos hijos de 8 y 7 años. Desde hace algún tiempo, aunque tanto Mónica como su madre trabajan en cuanto pueden, la inestabilidad laboral y los escasos ingresos económicos que consiguen reunir entre ambas las coloca en la difícil tesitura de tener que elegir entre pagar un alquiler o dedicar este dinero a cubrir las necesidades más básicas (alimentación, higiene, suministros…).

«Hace aproximadamente dos años embargaron la casa donde vivíamos de alquiler por impagos del propietario. En ese momento nos dijeron que nos llevarían a una pensión hasta que se solucionara el problema. Eso dijeron. Pero dos días más tarde, la dueña nos dijo que nos teníamos que marchar de allí porque ya habían pasado los días que les habían abonado». Es entonces cuando empieza para esta familia un largo y duro peregrinaje, en el que van llamando de puerta en puerta y pidiendo una ayuda que nunca llegaba. «Teníamos que pasar las noches en las pensiones más baratas, con una sola cama y, en muchas ocasiones, con apenas nada que darle de comer a mis hijos. De ellos sacaba la fuerza para seguir adelante y conseguir un día una casa donde poder vivir tranquilos y soltar de una vez por todas las maletas».

Desafortunadamente el caso de Mónica no es aislado. A este mismo proyecto ha llegado también recientemente Patricia, de 39 años y madre de cuatro hijos a los que va sacando adelante sola gracias a que, como reconoce, al menos nunca le ha faltado el trabajo. «Siempre he tenido que estar simultaneando varios empleos, pero lo que cobro no es suficiente para pagar un techo y cubrir los gastos de cinco personas», explica. En el momento en que se rompe la relación de Patricia con su anterior pareja, los ingresos familiares se vieron reducidos drásticamente. «Nosotros hemos llevado una vida normal, como cualquier otra familia, pero cuando me quedé sola, ya no pude hacer frente a los pagos del alquiler», añade.

Durante siete años, aproximadamente, han pasado algunas temporadas con familiares o amigos, en distintos recursos u ocupando viviendas vacías en las que no tenían normalmente ni luz ni agua. Antes de llegar aquí, explica Patricia, «estuvimos un tiempo en Cottolengo y, como el trabajo me empezó a faltar a consecuencia de la pandemia, aproveché la oportunidad para hacer el curso de electromecánica en el Centro de Formación Sagrada Familia de Cáritas y allí mismo, con la ayuda de los monitores, conseguí sacar el título de secundaria».
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