Hoy, 25 de octubre, es el día de las personas sin hogar, por ello, en Cáritas hemos puesto en marcha una campaña cuyo lema es “No tener casa, mata”. Con una imagen que simula una cajetilla de tabaco, queremos reivindicar el derecho a la vivienda como espacio imprescindible de protección, donde las personas pueden cuidarse y realizarse.

En la segunda quincena de marzo mientras, como sociedad global, experimentábamos la fragilidad, la limitación y la vulnerabilidad humana, Cáritas dio un paso al frente impulsando la acción de todos sus agentes, voluntarios y trabajadores, bajo el lema “La Caridad No Cierra”, para no dejar de atender a los más pobres y excluidos, especialmente a los más vulnerables, las personas sin hogar. 

Durante el estado de alarma la falta de recursos para personas sin hogar, obligó a muchas personas a permanecer en la calle sin posibilidad de protegerse frente al coronavirus». Y es que, «aunque en nuestra ciudad se aumentó el número de plazas y se habilitaron cuatro centros para hacer frente a la emergencia (la residencia estudiantil “El Convento”, la residencia “Casa Betania”, el Albergue Juvenil Inturjoven de Torremolinos y un centro habilitado en calle Cuarteles) no fue suficiente. En mayo de 2020 se contabilizaron más de 175 personas en situación de calle.

Como afirma Francisco Javier Jiménez, director del hogar Pozo Dulce «esta realidad invisibilizada se hizo palpable, irónicamente, cuando la mayor parte de la sociedad estaba confinada en sus domicilios, así que ha seguido estando oculta para quienes sí pudieron protegerse en una vivienda y no frecuentaban los espacios públicos. Mientras muchos disfrutábamos de un hogar donde poder resguardarnos y sentirnos protegidos, otros sintieron miedo, malestar, angustia y desesperación porque la consigna: “Quédate en casa” para ellos no era más que una realidad paradójica, que imponía una orden imposible de acatar». 

Las instalaciones del centro de acogida nocturna Calor y Café no reunían las condiciones necesarias para evitar los contagios entre las personas que cada día acudían a pasar allí la noche, así que el centro se vio obligado a cerrar sus puertas. Como explica su director, Vicente Jiménez «la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Málaga llegaron a un acuerdo para trasladar a estas personas al albergue juvenil “Inturjoven” de Torremolinos. Y todos los que formamos parte del equipo de Calor y Café nos desplazamos con ellos a estas nuevas dependencias, que llegaron a albergar hasta 80 personas. Allí les atendimos e iniciamos con ellos procesos de acompañamiento». Desgraciadamente, continúa Jiménez, «una vez finalizado el estado de alarma, por diversas razones, muchas de estas personas tuvieron que volver a la calle y aunque en ese momento se tratase de una medida impuesta, de este tiempo aprendimos que cuando a las personas se les ofrece un techo donde poder sentirse seguras, comienzan a dar pasos y a ser partícipes de su propio proceso de recuperación». 

En los demás centros de Cáritas para personas sin hogar (reclusos, inmigrantes y mayores) el trabajo fue bien distinto por su carácter residencial. En el Hogar Pozo Dulce «sorprendió la actitud de los acogidos que, a pesar de estar acostumbrados a pasar muchas horas del día en la calle, afrontaron esta situación con una actitud muy positiva, dispuestos siempre a la colaboración. No esperaba que tuviesen tanta paciencia, pero me han dejado impresionada» afirma Sor Mª Antonia Gutiérrez, una de las Hijas de la Caridad que atiende el centro, al hablar de los cuarenta residentes. Agustín García, uno de los acogidos en el Hogar Pozo Dulce comenta que «los días transcurrieron con total tranquilidad. Yo mantenía mi rutina diaria de leer un libro tras otro y como, personalmente, no acostumbro a salir mucho, lo viví con serenidad». Otra de las religiosas, Sor Josefina Sánchez, reconoce que al principio sintió miedo, ya que «el estado de salud de la mayoría es muy delicado porque tienen numerosas patologías y me aterraba que el virus se extendiese aquí dentro». 

La preocupación por la salud de estas personas queda plasmada en cada una de las campañas de Sin hogar de Cáritas, como afirma el director de Pozo Dulce, «un dato que nos parece muy significativo respecto a esta cuestión es que la esperanza de vida de estas personas se encuentra entre los 42 y los 52 años, es decir, 30 años menor que la de las demás personas. Para nosotros, preservar la salud de nuestros acogidos es tan importante que nos hemos visto obligados a prescindir del voluntariado, que tanta vida daba a esta casa».
0
0
0
s2sdefault
powered by social2s