El 1 de diciembre es el Día Internacional del Sida, un día señalado en la casa de acogida Colichet, que muy pronto cumplirá 30 años. Durante todo este tiempo, los grandes avances médicos en el tratamiento de la enfermedad, unidos a la mejor medicina para los acogidos, el cariño, la cercanía y la escucha de un gran equipo humano, han conseguido hacer de esta casa un lugar lleno de vida, de alegría y esperanza. Apenas nada queda ya de aquel antiguo cortijo que en 1992, con el impulso de la Iglesia de Málaga, abría sus puertas para ofrecer un lugar digno donde morir a quienes padecían la enfermedad. Allí se instalaron cuatro Hijas de la Caridad dispuestas a entregar vida y corazón a esta tarea con el apoyo de los Hermanos de San Juan de Dios, que hacían turnos para velar por las noches, y un grupo de voluntarios de las Juventudes Marianas Vicencianas.

La directora del centro, Paqui Cabello, describe esos primeros años como «tiempos difíciles, de críticas, miradas discriminatorias, desconocimiento y miedo. En plena expansión de la enfermedad pidieron a las hermanas iniciar este proyecto, con muy pocos medios y muchas inseguridades. Cuando nadie quería ni sabía atender a estas personas y cuando la muerte estaba casi asegurada, eran muy pocas las perspectivas de vida para los que desgraciadamente padecían esta enfermedad. Y ellas, las Hijas de la Caridad, hacen suya esta llamada y deciden poner todo su esfuerzo y cariño en atenderlos lo mejor posible. Curan sus heridas, tanto físicas como espirituales, y les ofrecen aquello de lo que, por circunstancias de la vida, habían sido desprovistos: la dignidad. Todo vivido desde la más profunda humildad y entrega», explica.

Este año la celebración de este día es diferente porque las Hijas de la Caridad, alma de esta casa, se despiden de esta misión para seguir atendiendo otras realidades de pobreza, tal y como alienta su carisma. Es el centro gerontológico El Buen Samaritano quien acoge la eucaristía de acción de gracias que se celebrará el 1 de diciembre a las 17.30 horas. 

«Nos han enseñado mucho, las hemos visto sufrir y acompañar en los momentos más difíciles de la vida de una persona, siempre dispuestas las 24 horas. Tenemos mucho que agradecer en nombre de esta familia que se ha creado, de las personas que siguen estando y de aquellas que un día estuvieron aquí. Queremos darles las gracias también en nombre de los familiares, de los voluntarios y de los trabajadores de esta casa, porque ha sido tanta la entrega que ni otros 30 años nos darían para agradecer tanto amor derramado», concluye Cabello.

Sor Carmen Rodríguez

Hace 27 años Sor Carmen llega a esta casa junto otra hermana con la que ya había convivido en otro proyecto. Y así, por expreso deseo de los superiores, a los que siempre ha confiado que la enviaran donde fuera necesario, comienza su recorrido en este hogar en el que ha podido conocer a muchísimos acogidos y voluntarios.

«El hecho de ser Hija de la Caridad me ha llevado a mí a atenderlos de esta manera y a pensar que, aunque a veces me siento poca cosa, Dios me ha puesto en su camino para que les sirviera, como un regalo que se les entregaba. En este tiempo he sufrido mucho por ellos, pero he sentido también el gozo de poder acompañarles, escucharles y decirles en los momentos más duros que les aguarda un Padre bueno. Dios no nos abandona ni a ellos ni a mí y todo cuanto he hecho ha sido a través de nuestro Padre, este Dios que nos ama y que nos pide que también nosotros nos amemos. En todo este tiempo, me he sentido muy feliz y dichosa de poder servirles y darles lo que necesitaban, experimentando la alegría de servir como un auténtico regalo».

Sor Remedios Castro

Cuando Sor Remedios entra a formar parte de la gran familia de Colichet, hace ya seis años, con la intención de atender al mismo tiempo a un hermano que se encontraba en El Buen Samaritano, no podía hacerse una idea de cuánto iba a aprender de cada uno de los acogidos. «Cada cual con su carácter me ha enseñado algo diferente, al igual que los voluntarios, que realizan un gran esfuerzo para acompañarles todas las semanas».

El carisma de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac ha estado siempre muy presente en el hacer de esta comunidad. «Hemos intentado servir a los pobres como ellos lo hicieron. Unas veces ha salido mejor, otras peor, pero nuestra intención ha sido siempre darnos a Dios a través de los más necesitados», explica la hermana.
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