Como cada día desde hace 53 años, cuando recibió la ordenación, Don Francisco se prepara para ir a Misa. Entra en la capilla y saluda al Señor con una inclinación profunda. Su destino, no obstante, no es la sacristía, sino uno de los bancos cercano al altar. Hoy tampoco se revestirá ni concelebrará, sino que se sentará junto al pueblo y junto a alguno más de sus hermanos sacerdotes. La Santa Misa diaria en el Centro Gerontológico El Buen Samaritano es un momento de encuentro de la comunidad sacerdotal decana de la diócesis. En la actualidad, son doce los sacerdotes (once presbíteros y un obispo, Mons. Buxarrais) que viven en este centro de Cáritas para personas mayores.

El hecho de que sigan activos prácticamente hasta el final de sus días, prestando atención a los residentes, escuchando confesiones, participando en la Eucaristía diaria, etc., es una forma de continuar viviendo el ministerio de una forma distinta.

Algunos han comparado esta comunidad con un segundo seminario. En el primero, los jóvenes candidatos se preparaban juntos para su misión sacerdotal; en este, continúan su misión pastoral en la medida de sus posibilidades mientras se acompañan en la etapa final de sus vidas. Uno de ellos, Don José Durán (1930, Archidona), por ejemplo, comparte esta comparación, aunque, señala que «el Seminario en el que yo me eduqué tenía sus normas y sus cosas, pero aquí estamos más libres y tenemos más diálogo unos con otros, no solo con sacerdotes, sino con los residentes. Aquí fomentamos lo más posible la amistad, la hermandad y el cariño».

Para el director de la residencia, Patricio Fuentes, contar con estos doce sacerdotes es una gran riqueza para todos: «están muy integrados y, para muchos de los residentes, son una referencia porque ya habían sido feligreses suyos. Se sienten muy acompañados en su vida de fe y eso les da mucha calidad de vida. Para los que nos ocupamos de ellos, los trabajadores y voluntarios, son también un orgullo, porque son personas que han dado su vida por servir a Cristo, por estar en medio del pueblo sirviendo. Es una tarea preciosa cuidar a los que han cuidado tanto».

Frente a las lecciones de Filosofía y Teología de sus tiempos de estudiantes, en este nuevo seminario cada uno de ellos se convierte en maestro de cómo vivir el Evangelio de forma práctica: «aprendemos mucho de ellos –señala Fuentes–. La enfermedad y ancianidad la viven de forma diversa, pero lo que más destaca en muchos de ellos es la humildad, la paciencia a la hora de verse limitados. Son personas que han llevado parroquias, que han soportado responsabilidades pastorales muy grandes, en distintas diócesis, y que ahora, al encontrarse más vulnerables, más necesitadas de ayuda, nos dan una lección de humildad. Vemos cómo aceptan lo que les viene y cómo ofrecen a Dios las limitaciones propias de la edad o la pérdida de funcionalidad. También el hecho de que sigan activos prácticamente hasta el final de sus días, prestando atención a los residentes, escuchando confesiones, participando en la Eucaristía diaria, etc., es una forma de continuar viviendo el ministerio de una forma distinta».

En este sentido, el sacerdote Francisco Ruiz confirma que mantiene vivo su sacerdocio «recibiendo visitas, en las lecturas, con los compañeros de la residencia… pero sin aspirar a mucho». La ancianidad es, para él, «una etapa que yo le he pedido al Señor que tenga una fecha de caducidad; pero el verá. Dios es Él, no soy yo. Y lo que Él diga, decidido está y hay que pasar por donde sea y aquí estoy para lo que encarte».

Para el director de El Buen Samaritano, «los sacerdotes mayores nos enseñan a los que no somos tan mayores cómo enfocar esa etapa de la vida. Y recuerda el caso del sacerdote recientemente fallecido, D. Amalio Horrillo, quien, al final de sus días, cuando el médico le preguntó si aceptaba o no someterse a una intervención quirúrgica complicada que podía llevarlo a la muerte, él contestó que siempre había servido al Evangelio de la vida y que, por tanto, él apostaba por la vida. Le dijo al doctor que, si la operación podía darle más tiempo de vida, correría el riesgo, aunque supusiera un sufrimiento. En estos tiempos, donde hay una ley de eutanasia que desprecia la vida, la respuesta de D. Amalio es un ejemplo que yo creo que nos pueda hacer reflexionar y pensar a muchos de nosotros» –concluye­–.



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