Fuente: Diario Sur

«Cuando te adentras sólo un poco, te encuentras personas que están en la calle que tienen muchísimos valores y hasta inquietudes» «No creo que sean ellos los que provoquen las situaciones de agresión». (Sor Concepción Hernández, directora del Hogar Pozo Dulce para personas Sin Techo)

Sor Concepción sabe que la calle es dura. Las noticias de las últimas semanas confirman que el maltrato no sólo viene de la mano de las inclemencias del tiempo, la mala alimentación y la falta de cuidados, sino también de las patadas y puñetazos a los más vulnerables. Desde hace cinco años el hogar Pozo Dulce acoge a aquellos cuya situación ya se ha cronificado. Si no se deciden a pasar el umbral de la casa, el equipo sale a buscarles para trabajar con ellos allí donde estén. En estos momentos, en Málaga hay localizadas 350 personas que entrarían dentro del colectivo de los 'sin techo', siendo el 60 por ciento inmigrantes. 240 tienen plaza en casas de acogida, en el albergue o en pensiones, pero según los datos de esta organización, para 90 no hay recurso que ofrecer.

¿Cómo son las personas que habitan este hogar y que habitan la calle?

Atendemos prioritariamente a las personas que están en la calle ya cronificadas; que llevan mucho tiempo, que se han desarraigado de la familia; generalmente sin recursos y también con una situación de salud y de deterioro propio del maltrato de la calle.

¿En qué forma maltrata la calle?

Cuando hablo de maltrato no hablo de agresiones directas, sino de las consecuencias de estar en la calle un día y otro, y noches y noches, y así, años. Hemos acogido a gente que llevaba hasta 30 años durmiendo en la calle. Imagínese a donde han podido llegar, con las inclemencias del tiempo, la falta de alimentación, la falta de higiene, no ir al médico, no seguir un tratamiento... Es una agresión continua hacia su persona.

Cuando la situación se ha cronificado, cuesta que acepten el recurso del hogar. ¿Por qué?

Porque una vez que se habitúan lo que les cuesta es lo contrario, aunque no quieran estar en la calle. De hecho, ellos siempre dicen: «La calle es muy dura, es muy mala. La calle nos maltrata». 

¿Les cuesta adaptarse a la norma?

Este es un centro de bajas exigencias, pero ellos, antes de experimentarlo, no lo saben, aunque tú les digas que van a salir de aquí cuando quieran. «La libertad, la libertad... Está muy bien lo que usted me dicen, pero la libertad».

¿Cómo es el primer acercamiento?

Nos preocupamos por la persona sin tener que proponerle un recurso concreto, porque lo que intentamos es que sean ellos los que vayan demandando según su situación.

¿Cuál es la reacción?

Conectan muy pronto. Por muy rara que parezca una persona y aunque parezca que te va a rechazar o que no va a permitir que te acerques, algo notan. No vamos en plan paternalista, ni tampoco en plan investigador. Creo que notan un poquito esa actitud al acercarnos. La verdad es que no es difícil.

¿Ellos se sorprenden?

Bueno, la actitud normal es la de rehuir, la de no pararte. Yo misma también me he sorprendido no parando con la gente. Eso lo tendrán ellos más que asumido. Les puede sorprender, claro. Es igual que cuando vas a prisión y te dicen: «Pero usted, aquí, ¿voluntariamente? y ¿no cobra?». 

Y cuando se acercan, ¿qué descubren ustedes?

Pues cosas que no te podías ni imaginar. Cuando te empiezas a adentrar un poco, aunque sea una conversación mínima, te encuentras con un mundo. Te encuentras con personas con muchísimos valores, y hasta inquietudes, que parece que no las pueda tener alguien que está tirado en la calle.

Inquietud de cambio de vida, ¿esa chispa se produce?

Generalmente casi siempre. Hasta el más reacio a dejar la calle acaba motivado a buscar y a probar.

¿Escuchar es importante?

Durante mucho tiempo no hacemos más que eso: escuchar, escuchar, escuchar...es fundamental que no nos adelantemos a decir cosas que nos parezcan. Es un mundo tan distinto que... 

Usted incide en que no es bueno darles dinero, comida o mantas cuando están en la calle, ¿por qué?

Es complicado, pero vemos que si se les da, se les mantiene en la situación, porque ellos ya no buscan recursos. Es mejor orientarles hacia donde se les pueda atender. Es verdad que a veces el albergue está saturado y que aquí no tenemos plazas, pero mientras se les de, mantienen esa situación. También pedimos a las parroquias que avisen, para que en las puertas de las iglesias no se mantengan en la mendicidad.

¿Qué ha aprendido durante estos años?

¿No habría libro! El contacto con estas problemáticas tan fuertes requiere una capacidad de compresión y escucha enorme. Esa situación la podría yo vivir en cualquier momento. Algo me podía ir mal y caer. Nada más lejos que la dureza con estas personas. Nadie está exento de terminar en la calle. Vulnerables somos todos. 

¿Qué puede explicar las últimas agresiones que se han producido?

Ni idea. No te lo puedes explicar. Yo creo que ellos no provocan esas situaciones. Si hay una persona durmiendo en la calle, ¿por qué le prenden fuego? ¿Molesta que esté en la calle? No me lo puedo explicar.

«El fenómeno va en aumento por el problema de la vivienda»

¿Estamos ante un fenómeno en aumento?

En aumento va porque el tema de la vivienda cada vez está peor. Hay personas que no tendrían porqué estar en este centro si tuvieran posibilidades de un alquiler ajustado al pequeño ingreso que tienen. Una persona con una pensión no contributiva no puede alquilarse nada, ni siquiera una habitación. Tenemos personas que van bien, pero que no pueden dar el paso de la independencia.

¿Propuestas?

En otros países están trabajando los planes de viviendas adaptados a estas situaciones, que aquí no existen. Es verdad que no los hay para nadie, pero para ellos menos todavía, porque son los excluidos de los excluidos.

 
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