Una orden del emperador Augusto hizo que la Virgen María diese a luz a su hijo primogénito en Belén, lejos de su hogar, y que tuviese que acostarlo “en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7).

Una historia que se repite en nuestros días. No son pocas las mujeres emigrantes que han tenido que dar a luz fuera de su tierra y de su gente, forzadas por la persecución política o religiosa, o por unas condiciones de vida injustas que les impide afrontar con esperanza el futuro.

Los inmigrantes llaman a nuestras puertas esperando ser acogidos, sin que encuentren sitio en «nuestra posada». La experiencia de la familia de Nazaret se repite porque, como afirma el Evangelio de san Mateo, “lo que no hicisteis con uno de estos pequeños conmigo no lo hicisteis” (Mt 25,40). Unas palabras que tomaríamos más en serio si pensáramos “que son palabras … de la boca que ha dicho: «Esto es mi cuerpo... esta es mi sangre»” (Ch. Foucauld).

También hay personas que toman en serio las palabras de Jesús y ponen los medios a su alcance para que otros tengan donde vivir dignamente, como muestra este boletín. Es verdad que son pequeñas realidades, a todas luces insuficientes, pero que indican el camino a seguir.

No es fácil encontrar un hogar donde vivir. El acceso a la vivienda se está convirtiendo en prácticamente imposible para las familias más vulnerables, aunque tengan garantizado el pago por las instituciones públicas.

Necesitamos abrir los ojos y el corazón para que no se pueda decir de nosotros lo que afirma la campaña de las personas sin hogar: “estoy tan cerca que no me ves”. Mucho menos lo que afirma el evangelio de san Juan: “vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). Y Navidad es un buen momento para ello.
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