Fuente: La Opinión de Málaga 

El camino hacia la autonomía. Los internos del Hogar Nuestra Señora de la Merced participan en las tareas del hogar a fin de recuperar su autonomía personal y romper con las dependencias. En la imagen, un voluntario prepara la comida en la  cocina del inmueble, situado en las cercanías del Hospital Civil. Foto: Javier Albiñana 

En los alrededores del Hospital Civil la mañana se afirma pronto. El sol se expande por todas partes y garabatea las paredes, interiores y exteriores, del Hogar Nuestra Señora de la Merced, donde un grupo de presos y ex reclusos lucha por retomar el pulso de sus vidas. Rayos descuidados, luces para iluminar la tarea de Cáritas Diocesana, encargada de cicatrizar heridas, de reconstruir pieza por pieza a seres astillados por la experiencia carcelaria.

En el interior de la casa, al lado de un cuadro de Leonardo y una pequeña biblioteca, el padre Ángel Antonio corrige documentos. El movimiento de su bolígrafo se acopla con las idas y venidas de los internos, que regresan o acuden a sus puestos de trabajo. En un receso, explica que el hogar acoge a personas en situación penal activa (preventivos, permisos de segundo grado, salidas de tercer grado, libertades condicionales) o de reciente excarcelación. Un cuadrante con un denominador común, la falta de recursos y de oportunidades para encauzar el presente y vislumbrar el futuro. "No tienen a nadie y el subsidio tarda dos meses en llegar", señala.

La actividad de la casa queda patente en el informe del año pasado, donde se registra la entrada de 161 personas y la estancia de 46 reclusos, de los cuales 32 fueron asumidos en el programa y el resto temporalmente. En la actualidad, la convivencia atañe a siete ciudadanos, que tratan de sofocar un amplio inventario de magulladuras, la mayoría de ellas provocadas por la droga. Ángel señala que la recuperación suele comenzar por la visita a hospitales, donde se le administra remiendos para las penas exteriores, ya sean caries o afecciones más profundas. Las otras, las interiores, son más difíciles de abordar y requieren el esfuerzo de un equipo formado por psicólogos, trabajadores sociales, religiosos y voluntarios. "Normalmente llegan con los estigmas de prisión y tienden a marcar el territorio", precisa Ángel.

La labor no resulta sencilla, precisa de todo tipos de cuidados y de un tratamiento de conjunto que pasa por desentumecer el alma y evitar eventuales recaídas. Lo más complicado, procurarles una vivienda y ayudarles a encontrar un nuevo círculo social. Esto último se antoja fundamental, puesto que cualquier contacto con su vida anterior suele conducir al desastre. Y además, existen obstáculos añadidos, caso de los prejuicios. "En más de una ocasión, cuando los empresarios descubren que han pasado por la cárcel, los despiden", comenta Ángel. 

El trabajo en el Hogar de la Merced depara ratos dulces y experiencias duras. El sacerdote, que no lo cambiaría por nada, reconoce la crudeza de algunos golpes como descubrir a un antiguo inquilino, felizmente recuperado, en un trance aciago. No obstante, la labor compensa, sobre todo, si se recibe la carta de un residente en la que detalla su nueva vida o si Karim, que acaba de recibir la libertad, se entrega a la cocina y abraza a Dori, una religiosa que trabaja en la casa y a la que todos consideran una madre.

Pero el cariño que despierta la hermana no debe inducir a equívocos. En la casa se brinda todo el afecto del mundo, pero se elude cualquier tipo de paternalismo. Ángel habla de la ineficacia de los discursos moralistas y persigue que cada interno se sienta responsable de su propio proceso. Y también de las tareas de la casa. "Hay que intentar que alcancen la autonomía personal y que no dependan de una mujer, lo que también es válido para combatir el machismo", razona.

A la hora de abordar a los inquilinos, el sacerdote considera necesario transmitirles un cariño gratuito, no sujeto al cambio ni a la renovación personal. No obstante, abriga el deseo de que los internos abandonen el individualismo que les contagia la prisión y no se plieguen al consumismo imperante. Algo bastante complicado, especialmente si se tiene en cuenta que la mayoría nunca ha poseído nada. "La pobreza y la exclusión son caras de una misma moneda que siempre le toca a los mismos", resalta.

Además de las terapias individuales, los trabajadores de la casa se afanan en construir un hogar medianamente cálido. Para ello, cuentan con el apoyo de los voluntarios, que les auxilian en tareas legales y respaldan el ocio de los presos. Uno de ellos, se dedica a fomentar el debate sobre temas de actualidad, una especie de conjura para lograr que los inquilinos dejen de pensar por un rato en módulos carcelarios y drogas, el único nexo apriorístico. Entre otras cosas, porque cada uno llega con un drama personal, "un yo herido que devora todo", como dice Ángel. Y la herida puede venir por muchos frentes. El sacerdote recuerda el paso por la institución de procesados por error, de personas que buscan refugio por diferentes problemas y mucho dolor. Y también esperanza. Que el sol se quede adentro. 


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