Comenzaron como una solución de emergencia para los damnificados de las inundaciones y hoy continúan dando respuesta a los problemas de falta de vivienda de personas mayores solas.

Las inundaciones de 1989 causaron estragos en las viviendas más vulnerables del centro de Málaga. De la noche a la mañana, antiguos corralones, ocupados en buena parte de los casos por personas de avanzada edad, fueron destrozados por las fuertes lluvias ante la impotente mirada de quienes no solo perdían su hogar, sino también las pertenencias y recuerdos de toda una vida.

Ante esta situación, siendo obispo de Málaga D. Ramón Buxarrais, nuestra Iglesia Diocesana no dudó en dar un paso al frente y ofrecer una respuesta a los damnificados, construyendo un conjunto de viviendas en un solar cedido por el Ayuntamiento de Málaga. Es así como comienza la historia de los apartamentos “Tomás de Cózar”, situados en la calle de la que tomaron su nombre.

Durante estos años, treinta y cinco personas han vivido y, sobre todo, convivido en esta comunidad de vecinos tan fuera de lo común, donde el ambiente de familia, el apoyo mutuo o el ratito de charla son la dinámica habitual. Y es que este lugar, tan escondido como céntrico, no es un simple espacio donde vivir. Aquí los días son más agradables y llevaderos gracias a un equipo humano que acompaña a los residentes de manera integral, cubriendo las carencias y necesidades que puedan ir surgiendo. Cinco voluntarios, una trabajadora y el director del centro, Alfonso Clavero, se encargan de ayudarles de muchas formas distintas. Echar una mano con las compras más pesadas, solucionar trámites administrativos, reparar pequeños electrodomésticos o, simplemente, ofrecer un poco de conversación, son algunas de las tareas que desempeñan los miembros de este equipo. Es el director quien se encarga cuidadosamente de coordinar las diferentes tareas, para procurar también que los cuidados y atenciones a los vecinos no les robe su verdadero protagonismo y sean ellos mismos los que participen de manera activa en la toma de decisiones, formulen propuestas de mejora, contribuyan con los gastos de mantenimiento y asuman su responsabilidad respecto al orden y limpieza de las zonas comunes.

TESTIMONIO: «He podido recuperar la dignidad y ser de nuevo una persona»

Pablo Ferrer es uno de los voluntarios más veteranos. Desde hace once años compagina su trabajo de mantenimiento informático con esta tarea que le permite crecer tanto en lo personal como en la fe porque considera que poder compartir la vida con los demás es un gran regalo.

Pepe es uno de los vecinos más veteranos. Llegó a los apartamentos nada más inaugurarse. Para ellos, poder acceder a esta vivienda supuso: «Volver a sentirnos una familia, compartir la vida con mi esposa (ya fallecida) sin tener que estar continuamente agobiados por si íbamos a tener que irnos a la calle». Toñi, en cambio, ha sido la última en llegar y cuenta ilusionada que «he podido recuperar la dignidad, ser de nuevo una persona sin sentir vergüenza por tener que pedir para poder pagar una habitación».

Las viviendas

Las doce viviendas se distribuyeron en tres plantas que rodean un patio interior al que le dan color y vida un gran número de macetas.

Cada apartamento consta de salón, cocina, dormitorio y cuarto de baño. El ascensor es otro de los elementos esenciales ya que, desde sus orígenes, han estado destinados a proporcionar alojamiento a mayores de 65 años. Para acceder a este recurso, además de la edad, son necesarios una serie de requisitos: carecer de recursos suficientes para acceder a una vivienda digna, poder desarrollar de manera autónoma las tareas cotidianas, no contar con alternativas de acogida familiar ni tener familiares a su cargo y no disponer de otras opciones por parte de las administraciones públicas.
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50 años acompañando a los más pobres

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